La lluvia había teñido las calles de Madrid de ese magnética nostalgia. Las luces de las farolas vaticinaban la llegada de la noche y cientos de ojos corrían para cobijarse de la repentina tormenta. Todos menos los de ella.

Allí en mitad de aquel caos, con las gotas de lluvia acariciando sus mejillas, con la melena despeinada y la ropa empapada, estaba ella. Su día había sido una lucha en la jungla, su cabeza era un hervidero de emociones y su corazón estaba a punto de explotar. Pero allí, rodeada de extraños que tenían miedo a mojarse, ella recorría cada baldosa mientras sus pies bailaban y sus labios tarareaban esa canción que siempre le pone de buen humor.

Al llegar a casa, en el quicio de la puerta, respira antes de entrar, con esa creencia suya de dejar todo lo negativo fuera. Se desnuda por el pasillo como si hubiera perdido una apuesta y abandona la ropa mojada a la suerte de aquellas habitaciones. Al llegar a la cocina tan solo vestida con unas braguitas negras de encaje, se apoya en la encimera y suspira como si ese gesto pudiera hacerla liberarse de todos los pensamientos que le atormentan.

Hoy, a alguien le ha molestado su forma de pensar y vivir la vida y ella, por un momento, se ha cuestionado su caótica manera de ver el mundo y su intensa forma de vivir la vida. Alza la vista y el color dorado que tiñe el interior de una botella de Licor 43, hace que detenga sus ojos en ella. Lo coge y se sirve una copa, lo acompaña con Ginger Ale. Detiene sus labios en el borde de la copa y saborea con los ojos cerrados el combinado. La mezcla de los cítricos mediterráneos y el toque amargo del jengibre, hace que un escalofrío recorra su cuerpo y su piel se estremezca como en ese momento en el que alguien besa tu cuello y la contracción involuntaria de los músculos erectores del vello, hacen que el vello se erice. Esa electricidad que experimenta su cuerpo, hace que su mente despierte de ese letargo en el que llevaba inmersa todo el día. Sonríe. Ser ella misma es lo que siempre le ha caracterizado, es lo que le hace especial.

Kiwanuka suena delejos y la canción llega a ese: Did you ever fight it? Y en ese momento con la copa en la mano, bailándose la noche en su cocina, vuelve a ser ella. Vuelve a esa actitud que la caracteriza, la Actitud 43, la que le hace ser jodidamente única. La que le hace celebrar la vida y le hace encontrar siempre una excusa para brindar. La que le hace no guardarse ni un beso porque quién sabe qué pasará mañana. La que no deja de crear porque la mente le va a mil revoluciones. La que le quema la piel porque no concibe otra forma de sentirlo todo. La que le tiemblan las piernas cuando besa. La que sale a bailar hasta que el sol se despierta. La que deja huella por dónde pisa. Y por dónde pasa. La que alza la voz sin miedo al qué dirán. La que se mira al espejo y le gusta lo que ve. La que no quiere cambiar porque su esencia la hace especial. La que tiene mil y una razones para dar gracias.

La que dejó de hacer lo que los demás esperaban para hacer lo que ella esperaba. La que se saltó lo de esperar a que alguien diera el primer paso. La que le puso punto y final a todas las historias que le había puesto tres puntos suspensivos. La que se dejó los cuentos de hadas en la mesilla. La que escogió el amor que no dolía. La que que cambió el “tengo” por el “quiero”. La que levantó el pie del freno porque ya no tenía miedo a estrellarse. La que llega a la meta despeinada. La que brinda una y otra vez por la vida. La que se vive entera. La que sabe que mañana puede ser tarde. La actitud 43. La que le hace abrir los ojos cada día y repetirse una y otra vez: que la vida es de los valientes.